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10/2/09

Crisis

Lo más repetido desde hace aproximadamente un año es la palabra "crisis". Yo también he abusado de ella y ya me explayé anteriormente. Estamos todos cansados de oirlo y aún así no sabemos muy bien qué está pasando. Yo, el primero. No tengo hipoteca, no me relaciono con los bancos, no dispongo de capitales elevados o empresas. Esto quiere decir que la crisis no me afecta. A menos a día de hoy, que nunca se puede escupir para arriba. Lamento, por ello, cualquier error que pueda haber en este texto, que es un mero vehículo de opinión y jamás con propósito didáctico, moral o castigador.

Actualmente los hipotecados van, poco a poco, recuperando la normalidad, gracias a la bajada del Euribor. Si no contamos a éstos, el resto de grupos afectados tienen algo en común: el dinero. Bancos, empresarios, fortunas, imperios... todo creado alrededor de, por y para el capitalismo. Y yo, pecando de ingenuo, me hago varias preguntas con respuestas optimistas. Veamos, el desencadenante de toda esta situación ha sido el abuso de poder, el aprovecharse de los pobres para seguir haciendo caja. Esto ha progresado entre un margen tan estrecho que era muy fácil de romper. Y se rompió. Cuando la gente dejó de poder pagar cuotas abusivas explotó la ya conocida burbuja. Las consecuencias las conocemos. Importantes empresas caen en picado, no hay liquidez, los gobiernos tienen que aportar garantías a los bancos y tranquilizar a la población y aparece una nube de caos.

Si nos fijamos bien en todo esto no deja de ser lo mismo de siempre. Por mucho que los de arriba se empeñen en presionar, crear, destruír, aniquilar, imponer, gestionar... al final quien decide todo es el pueblo. La democracia no es sólo un sistema político. La democracia es una forma de ser de una sociedad completa. Es un estado entre la masa y la lógica y, hablando fríamente, es una estadística. Cuando un nuevo producto sale a la venta para el gran público, es la sociedad, somos nosotros, los que decidimos si seguirá estando ahí o si habrá sido un fracaso. Aquello que agrade o satisfaga las necesidades o expectativas de un mayor número de personas tendrá más posibilidades de seguir generando, en este caso, beneficios. Por supuesto que influirán otros factores (coste de producción, de publicidad, etc.), pero esto no es lo que nos ocupa en este ejemplo. El pueblo tiene este poder en sus manos, sólo que muchas veces no se da cuenta, no acepta esta realidad. A todos nos gusta sentirnos individuos únicos o exclusivos y es algo natural y beneficioso mientras no roce el egocentrismo o la avaricia. No obstante todos formamos parte del todo y nos movemos con ese todo, generalmente, en armonía. Eso nos da poder. Las desigualdades, incoherencias e injusticias nos separan y con eso rompemos la mágica unión del conjunto. Pues eso es lo que ha ocurrido en todo el Mundo Occidental. Hemos dejado de ser, de alguna forma, una continua y armónica convección de ideas, tránsitos y -no vamos a negarlo- dinero. De eso hemos pasado progresivamente a la ley del más fuerte, del "aquí mando yo" y del "voy a pisar a quién pueda". La cúspide de la pirámide creyó que podía aprovecharse indefinidamente de la base. Hasta que la base se rompió. No se rompieron sólo los ladrillos de más abajo, sino que los de las alturas llegaron al suelo, casi al mismo nivel que los demás, pero de forma más notoria por la altura recorrida. Eso es lo que pasa cuando uno cree que se puede aprovechar de muchos. Todos sabemos las historias de las empresas piramidales (realmente este concepto es muy gráfico), pero no solemos pensar en que esa concepción está en casi todos los ámbitos sociales o comerciales.

Es posible que esta crisis tenga como propósito lograr el equilibrio. Que la parte dominante descubra que no es nada sin los de más abajo y se dé cuenta de que los tiene que tratar con respeto y dejar de verlos como meras herramientas. Porque, siendo realistas, la equidad total nunca existirá. Hemos de conformarnos con algo aproximado. Que no falte la felicidad.

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