Es momento de contaros nuestro día de mudanza. Ayer Carolina y yo estuvimos toda la tarde con nuestras pertenencias para arriba y abajo moviéndolo todo a nuestra nueva casa. El día fue verdaderamente intenso. De esos que no se olvidan. Lo primero, quedar con Caroline y Pilar. Nos vimos en Atocha y antes de nada, como buenos domingueros, nos tomamos una cañita. Rumbo luego a Pepecar. Allí nos atendió un chico en prácticas que, si no lo confundo con nadie, a ese tío lo he visto yo más de una vez en el Delirio. A las 15 h, aproximadamente, estábamos sacando la minifurgo de la sucursal de Atocha. Dejamos a las chicas en su casa y nos fuimos a la nuestra.
Una vez allí comprobamos que no estábamos solos. Carmen había invitado a comer a una jauría de payoponis para compartir esos alimentos que el Señor nos regala. Había gente comiendo, niños corriendo y una enana con una cosa rara en la mano que no paraba de hacer sonar la estrofa del "Don't funk with my heart" de Black Eyed Peas. Hasta los huevos acabé de la puta musiquilla. Nos pusimos manos a la obra y en 5 viajes de ascensor, aproximadamente, conseguimos bajar todo. En el último viaje Carmen se ofreció a ayudarnos y me bajó la guitarra. ¡Qué amable! Antes de eso había estado hablando por el móvil desde la terraza mientras nosotros cargábamos. Como decía Carolina "esto es como los obreros españoles, uno trabaja y el resto miran". Por supuesto que no tenía por qué ayudarnos, pero eso de hacerlo en el último momento nos dio ganas de meterle un par de yoyas.
Con la minifurgo cargada nos dirigimos hacia nuestro nuevo hogar y de camino fuimos cantando. El maletero estaba hasta arriba, pero la Carolina, que es mazo buena conductora, se metió por medio de Madrid como una campeona. Y yo que soy un copiloto que te cagas, indiqué tan perfecto que llegamos del tirón. Bueno, excepto por el momento en el que me puse a bailar como una loca y nos pasamos la entrada de la calle mientras ella me decía que aún me iba a ver la casera.
Después de unos 15 minutos de espera llegó la casera en cuestión y nos esperó mientras dejábamos todo en el portal para luego meterlo progresivamente en el ascensor y finalmente en el piso. Fueron 4 viajes.
Una vez hubimos subido todos los bultos vaciamos a toda hostia las maletas en el armario para llevárnoslas vacías pero sin que nadie supiera qué llevábamos dentro. Tras esto, la casera subió y ahí empezó lo mejor. En primer lugar se dirigió a Carolina para decirle que había comprado una cortina para el salón pero que era larga y la había que cortar para luego pegarla con una cinta, adhiriéndola con la plancha. Yo, interesadísima, me puse los nudillos sobre la clavícula y el codo sobre la otra mano y le dije que ya sabía como hacerlo y Carolina no tenía ni puta idea. Recordad que yo soy el hombre, ella la mujer, y entre nosotros, pareja. La tía insistía en explicárselo a Carolina pero no le hacía ni caso y yo seguía en mis trece de que sabía hacerlo mientras me peinaba el flequillo. Mientras deambulábamos por el piso, Carolina, me llamó la atención diciéndome "¡trankila!" y nos empezamos a descojonar, aunque parece que la otra no se dio cuenta.
Al rato llegó la hija de la casera. No sabíamos que pintaba allí pero apareció. Al parecer vive en su propio loft unos metros más arriba en la calle perpendicular a la nuestra. Es publicista. Carolina, que es muy discreta, la empezó a mirar, como si la fuese a comer (jaca, vente pacá), pero la tipa no es tonta y se dio cuenta. Las dos se rieron pero yo no supe por qué hasta que me lo contó más tarde. Finalmente dijo que se iba con un tal Adolfo al cine (creemos que es la mariliendre del sujeto) y se piró. Carolina cree que es un buen partido para ella porque además tienen la misma edad. Nosotros tres nos fuimos a tomar una caña, aunque la casera nos preguntó si no preferíamos un cubata. Ella lo tiene muy claro, según dijo: o se toma una Coca Cola Light, o una cerveza, o un cubata. Nada de otros refrescos ni gaitas. Nos invitó a la consumición y la acercamos al metro. Llamó a su marido para decirle que en un rato llegaría al metro de Rivas (donde vive) y que si él la podía ir a buscar. Como no teníamos nada mejor que hacer nos ofrecimos a llevarla. Así acabamos con ella y su marido comiendo pizza en un centro comercial de Rivas. También en este caso nos invitó. Nos habló de sus gatos y de que el primer regalo que recibió de su pareja fue.... ¡una plancha!. Parece ser que llevan juntos unos 8 años. Cuando la hija se enteró de aquello parece ser que le dijo que ese hombre no le convenía, que era demasiado práctico. Nunca le ha regalado flores. Pobrecilla.
Después de la cena enfilamos por la A3 y llamamos a Pilar para ver si se animaba a tomar una cañita (la 3ª del día para nosotros) y aceptó. Fuimos hasta su casa y nos tomamos una en un bar cercano. Por cierto, Carolina, que es la hostia para aparcar, dejó la minifurgo en un miniespacio en la puerta de la casa. Como Caroline trabajaba y estaba a punto de hacerse el descanso de 20 minutos la llamamos para ver si se animaba a hacer este descanso cerveza en mano. Asintió y nos dirijimos allí. Al poco bajó con Anita y nos tomamos algo los 5. Cuando se fueron cambiamos de bar y seguimos de cañas, aunque Carolina se pasó a la Coca Cola por el tema de conducir. A las 24h Caroline salió así que la llevamos a casa con Pilar y nosotros nos fuimos para la nuestra.
Pusimos la radio y sonaba "Devórame otra vez", así que empezamos a cantar como cerdas, haciendo un escándalo de la hostia. Después cambiamos y lo mismo con "Under the bridge", de Red Hot Chilli Peppers y luego "Angie", de los Rolling, aunque yo esa no la sabía y solo gritaba "eeeeeeinye, eeeeeinye". La selección se completó con "Don't go breaking my heart". Momento supergay que lo flipas nena mogollón.
Casi en casa, pensamos en tomarnos un cubata con Carmen, pero habíamos llevado ya el mueble bar al completo así que optamos por tomarlo en el Clapton, un bareto frente a nuestra actual casa. Mientras Carolina aparcaba (en la puta puerta de casa, para variar) pregunté si iban a cerrar y me dijeron que sí. Así que nos subimos, nos fumamos un cigarro y nos acostamos, que estábamos ya hechos caquita.
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